Las zancadas de los soldados sorteando las piedras en el suelo resonaban a lo largo de toda la gruta, el joven monje corría delante de ellos, huyendo de cuatro hombres armados con espadas y lanzas. Entre sus hombros se podía ver un sello, una marca similar a las que se usan con el ganado: Zx. Detrás de los soldados, en campo abierto, asistía atentamente un grupo de personas, hombres y mujeres que seguían con pasión la persecución, se trataba de unos esclavos de la cercana localidad de Nirman que habían visto interrumpida su labor de recogida de fruta al comenzar la persecución.
- No lo logrará -dijo una de las esclavas, una chica joven con el cabello rubio mientras lanzaba una mirada de desaprobación a su padre situado al lado.
- Puede que sí. -le contestó el hombre mientras señalaba el final de la cavidad-. Si llega al final antes de que le alcancen podrá saltar.
Aquel hombre tenía razón, paso a paso el monje estaba más cerca del final de la gruta, y allí, bajo un cielo azul que dejaba entrar una luminosa salvación se encontraba un pequeño lago. Era arriesgado, pero si saltaba con el impulso necesario podría evitar un suelo completamente anegado de piedras y así acabar en el agua con una caída mucho más agradable, aunque no exenta de dolor.
Los soldados seguían cada vez más de cerca al chico al que le quedaban escasos pasos para llegar al final y dar el salto que podría significar su supervivencia. En su cabeza la única opción era saltar, saltar y huir de la aldea a la zona boscosa del norte, donde quién sabe si podría sobrevivir y continuar su camino hasta llegar a la ciudad de Solkin. Si bien en Solkin también existía la esclavitud, eran conocidos los muchos hombres libres que vagan por sus calles, hombres que en un pasado habían sido esclavos pero que ahora ejercían de mercenarios.
Uno de esos hombres podría ayudar al joven religioso a llevar a cabo la misión que tenía, dicha empresa no era insignificante, podría cambiar el curso del planeta Degon tras siglos de hegemonía esclavista. Pero ¿cómo podría ayudar un hombre sin experiencia alguna a finalizar ese trabajo? Sin lugar a dudas debería entrenarlo y adiestrarlo en las nobles artes que él mismo practicaba desde que fue elegido por el Señor.
- ¡Basta! ¡Para de correr! -gritaba con algo de desesperación en sus ojos uno de los soldados, el que iba situado a la cabeza, con la urgencia de quien ve próxima la posibilidad de fallar en su labor.
El monje hizo caso omiso a sus palabras y continuó corriendo, tres pasos, ya apenas podía ver cegado por la luz, dos pasos, lanzó su última zancada con toda la fuerza que aquellas piernas delgadas podían proporcionarle, y saltó. Su salto fue impresionante, los cuatro soldados quedaron agolpados en el último metro de suelo que quedaba antes de la caída de más de veinte metros, con sus cabezas protegidas por unos cascos de metales ligeros seguían la caída del clérigo.
No pasaron más de dos segundos desde que el chico depositó su cuerpo de forma violenta pero con cierta fortuna entre las piedras y desde arriba, los soldados al ver que maltrecho pero con vida, decidieron finalizar con la vida del muchacho lanzando sus lanzas con la misma voluntad que lanzan los cazadores las suyas cuando ven una presa a buena distancia y llevan días sin probar bocado.
La primera de ellas se incrustó justo encima de su rodilla izquierda, en ese momento el chico lanzó un grito al viento, no tardó en hacer impacto la segunda en sus ligeramente marcados abdominales. Con la sensación de que la vida se le escapaba allí por donde se habían abierto paso los puyones, el chico lanzó un estremecedor relincho de dolor seguido de unas palabras, no alcanzó a pronunciar la quinta cuando lo dejó inmóvil una tercera lanza haciendo blanco en su testa.
- Mira que eres malo -le recriminaba el más grande de los hombres al último que había errado su lanzamiento.
- Qué más da, ya está muerto ¿no? -contestó el otro sin hacer ademán de empequeñecerse ante los reproches de su compañero.
Cuando se estaban girando para volver a la entrada de la gruta el viento les trajo un sonido, las últimas cuatro palabras que el chico pudo balbucear. Las paredes rocosas y la continua apertura de la cavidad hacia la entrada hacían que el eco resonase con mayor fuerza en los metros próximos a la zona donde aún esperaban los esclavos, estos trataban de discernir por los rostros de los soldados si el joven había podido escapar con vida o por el contrario fue alcanzado por sus lanzas.
El sonido les llegó como si de un bofetón se tratase acompañado por una bocanada de aire fresco proveniente del lago: the show must go…
- ¿Creeis que lo han oído? -preguntó a sus iguales el soldado que había fallado el último lanzamiento.
- Claro que sí imbécil -contestó el más corpulento.
- ¿Qué vamos a hacer? -continuó interrogando con algo de inquietud en sus ojos, miedo tal vez ante la respuesta que le esperaba.
- No podemos arriesgarnos -sentenció otro de los soldados.
Los menos de treinta recolectores no ofrecieron resistencia alguna ante los experimentados y fornidos soldados que no tardaron más de lo que tarda un árbol que es talado en caer al suelo en acabar con la vida de todos ellos.
- Eran muchos, Zxindo pedirá explicaciones -indicó dubitativo el soldado con mala puntería.
- Pedirá explicaciones y nuevos recolectores. Pero lo entenderá -finalizó el grande.
- He oído hablar muy bien de los salvajes perdidos del bosque, podríamos capturar algunos mañana -aportó felizmente otro de ellos, no había hablado hasta el momento pero parecía que le había animado el ejercicio físico.
Los cuatro soldados partieron hacia Nirman. Los recolectores permanecieron inmóviles, el monje seguía entre las piedras, sin vida pero con la mirada clavada en el bosque, si hubiese llegado a Solkin… parecía pensar.